El ‘final’ en Medio Oriente solo sería una tregua

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La actual explosión de violencia entre los palestinos y el Estado de Israel aún no ha causado tantas víctimas como el devastador conflicto de Gaza de 2014, pero en muchos sentidos es un episodio más sombrío y premonitorio.

El enfrentamiento no se limita a los bombardeos aéreos y el lanzamiento de cohetes sobre Gaza y el sur de Israel, sino que se ha extendido a las calles de las ciudades israelíes, a los barrios de Jerusalén y a lo largo de la Ribera Occidental. 

La situación se alimenta siniestramente de una polarización cada vez más profunda, en la que las voces de los militantes de ambos lados son las que se escuchan más fuerte, y las de aquellos que piden la coexistencia apenas son un susurro.

El 13 de septiembre de 1993, en el jardín de la Casa Blanca, el entonces primer ministro de Israel, Yitzhak Rabin, se paró junto al líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasser Arafat, y declaró: «Nosotros, que hemos luchado contra ustedes, los palestinos, les decimos hoy en voz alta y clara, basta de sangre y lágrimas, basta».

Eso fue lo más cerca que estuvieron las dos partes de romper un ciclo de violencia que ya tiene un siglo de duración. El santo grial de una solución de dos estados parecía estar al alcance de la mano. Si ese momento de 1993 fue el punto álgido del diálogo, la región parece ahora atrapada en un vórtice de enemistad. Mientras tanto, la comunidad internacional recurre a los llamados al «autocontrol», pero no tiene ideas nuevas para atacar las raíces del conflicto.

Tal vez lo más alarmante en esta ocasión es que ciudades israelíes con poblaciones árabes, como Lod y Haifa, han sido absorbidas por esta espiral. Los árabes representan cerca del 20% de la población de Israel.

Incluso en 2014, y durante las intifadas palestinas, en estos pueblos en gran medida se mantuvo la paz. Sin embargo, en la última semana, jóvenes palestinos y judíos libraron batallas callejeras, se incendiaron lugares de culto y hogares y se impusieron toques de queda.

«Perdimos completamente el control de la ciudad, y las calles están siendo testigo de una guerra civil entre árabes y judíos», dijo el miércoles pasado el alcalde de Lod, Yair Revivo.

La discriminación diaria que siente muchos árabes que viven en Israel se suma a otros motivos de quema que son parte de este último espasmo del conflicto. Comenzó con los intentos de nacionalistas judíos de hacer que familias palestinas fueran desalojadas de sus hogares en el barrio de Sheikh Jarrah en Jerusalén Este. Y se alimentó con los choques entre la policía y palestinos en el entorno del Monte del Templo/Haram al Sharif durante Ramadán, que siempre es una época del año incendiaria.

Entra Hamas —y notablemente no el Gobierno Autónomo Palestino— y se erige a sí mismo como el defensor de todos los palestinos, exigiendo a Israel que retire a sus fuerzas de la mezquita de Al-Aqsa y de Sheikh Jarrah o pague un «precio alto».

Y de esta manera se mantienen los extremos: la confrontación es la única moneda de cambio.

De cierta manera, esto le sirve tanto al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, como a Hamas. A través de la confrontación refuerzan sus respectivas bases y ahogan las voces que piden moderación. Hamas puede decir que es el verdadero representante de los palestinos, al tiempo que el envejecido presidente del Gobierno Autónomo Palestino, Mahmud Abbas, pospone las elecciones. Si se retomaran negociaciones impulsadas por la comunidad internacional, Hamas saldría perdedor, ya que su modus vivendi es la resistencia armada al Estado judío.

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